Metro de Valencia

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viernes, 18 de mayo de 2007

Retrato de una obsesión


¿Quién se atreve a definir el término "normal"? Si resistimos a la tentación de echar mano al correspondiente diccionario descriptivo, y como muy bien pudo apreciarse, por ejemplo, en el programa de TVE "Tengo una pregunta para usted, Sr. Rajoy", no hay Dios que se atreva a atar esta mosca por el rabo; obviamente, sólo desde el punto de vista del arte, en cualquiera de sus manifestaciones, podemos encontrarnos con personas, con artistas, que han tratado de hacer algo diametralmente opuesto, procurando escapar activamente de la normalidad, con resultados subjetivos e , incluso en algunos casos, considerablemente opacos. Quizá sea desde aquí desde donde debamos partir, si pretendemos plantear una correcta relación significado/significante.

Y ésta es la impresión con la que me quedé, una vez hube terminado de ver la película "Retrato de una obsesión". Con notas de seda y terciopelo amalgamadas en una suntuosa banda sonora (Carter Burwell), al servicio de una fotografía impecable (Bill Pope) y una realización exquisita, uno no puede por menos que admitir lo tremendamente injusto del sentido dado al término monstruo o, si más apetece, bestia, ambos dos tomados como metáforas de la anormalidad. Baste, para corroborar esto, no olvidar a las personas a las que acude a fotografiar la protagonista, Diane (Nicole Kidman), las cuales residen en una villa o mansión. Forman una organizada comuna, cuya regla máxima y principal es la escasa permisividad en lo que al vestir se refiere (eso que tan comúnmente sucede fuera de ella); si con algo deben cumplir indefectiblemente, es con la constante desnudez de sus cuerpos, admitiendo, únicamente, el uso de calcetines. Es así que, con su nudismo militante, cada uno de ell@s muestra, sin ambages, su ser exterior, exhibiéndose como verdaderos animales amorfos, cuya capa externa es una ingente masa de piel. Tod@s se ven abocad@s a la contemplación tanto propia como ajena, empero siempre dirigida al interior, con lo que renuncian al empleo de incómodos disfraces, usados según convenga. Es decir, se dirigen a la normalidad desde una aplastante anomalidad. Con esta opción beligerante se constituyen de forma voluntaria en una particular parada de monstruos. En contraposición, un puñado de personajes del film, encabezados por el hirsuto Lionel (Robert Downey Jr.), se ven sometidos al desprecio, y arrastrados a una inofensiva clandestinidad. Su capacidad de "socialización", por otro lado, comienza a desarrollarse en el momento que acuden a la fiesta convocada por una Diane más interesada en adentrase en su mundo que a la inversa.

¿Dónde radica la diferencia entre estas extrañas personas y los excéntricos nudistas, amén de los miembros de la rimbombante familia política de Diane? ¿Posiblemente en la no ejecución universal del derecho a la libertad de elección, apoyándose, sobre todo, aunque no exclusivamente, en la exigencia mutua del respeto debido al individuo?

En fin, no sé...

M.A. y su "supermega aeronave"


M.A. es único e irrepetible..., perfectamente, cuando llegas a casa, te recibe con un avión hecho con uno de los lados de lo que, sin duda, se constituía en una voluminosa caja de cartón, preguntándose, preguntándome, preguntándonos, porqué demonios tan ingenioso artilugio, por muchas veces que lo haya intentado (a buen seguro, conociéndole como se le conoce, no deben haber sido pocas), no ha tenido a bien cumplir con el objetivo para el que fue creado, o sea, planear cándidamente por el tranquilo e inusitado cielo doméstico en que se había convertido el pasillo del piso.

La sonrisa con la que, por otro lado, acostumbra a darme la bienvenida, en esta ocasión, además, avión en ristre, desarma al más pintado.

- Mira, hijo, el cartón, como otras muchas cosas, ya no es lo que era.